Actualizar Komodo Edit en Ubuntu

Haca ya bastante tiempo mi editor de código de cabecera es Komodo Edit, que además de ser gratuito y multiplataforma, tiene varias características que lo hacen muy útil pero manteniendo la simplicidad.

Quizás uno de sus puntos débiles es que no existen paquetes disponibles para Ubuntu ni Debian, por lo que su actualización es un poco menos que obvia, pero de todos modos resulta bastante sencilla.

Al modo de Firefox, Komodo te notificará cuando exista una nueva versión disponible (al menos cuando se trate de actualizaciones menores), pero junto con eso presentará un aviso que, en resumen te indicará que con tu cuenta actual no tienes privilegios para poder actualizar el software.

Para solucionar esto, la forma más sencilla es abrir la terminal y dirigirte al directorio donde está instalado Komodo, en mi caso, /var/opt/active-state/. Una vez en esa carpeta, debes iniciar el programa como administrador, lo que puedes hacer de forma fácil y segura (con la tranquilidad que no existirán cambios de permisos u otros que pudieran dificultar el uso posterior) con gksu bin/komodo.

Una vez iniciado el software, dirígete al menú Help → Check Updates y ejecuta la actualización. Reinicia el programa (aun como gksu) y listo… ya puedes volver a ejecutarlo como usuario normal.

Universidades privadas: usos y abusos

El movimiento estudiantil, surgido en las universidades pertenecientes al Consejo de Rectores, y al cual se han sumado académicos y autoridades, ha puesto en evidencia algo que estaba a la vista, y que sin embargo los chilenos nos negábamos a ver. El escándalo de la educación en Chile: colegios municipalizados que reciben un financiamiento miserable; particulares subvencionados que maximizan sus utilidades estrujando a los profesores con cuarenta y más horas de trabajo en aula. Y universidades, perfectamente acreditadas (¿CÓMO?) en las cuales, mediante la figura de las inmobiliarias, accionistas pueden retirar capital y utilidades; ser compradas y vendidas. En las cuales los alumnos al ingresar deben firmar una renuncia a su legítimo derecho a asociación; o que prácticamente carecen de profesores contratados, y recurren a un proletariado del conocimiento (profesores-taxi) al cual sólo pagan honorarios (nada para previsión social; nada para salud); al que, en algunos casos, contabilizan sólo las horas efectivamente dictadas, sin admitir excepción: si un día te tocaba clase, y hubo terremoto, fiesta nacional, paro del transporte, lo que sea, no se te paga, y punto. Y todo esto, frente a la mirada benévola de las autoridades.

Eduardo Sabrovsky en El mostrador