El sujeto lacaniano (más allá del reduccionismo esencialista)

En términos más simples, la concepción lacaniana de la subjetividad está llamada a remediar las deficiencias o “suplementar” —este término no está utilizado aquí en su más estricto sentido derrideano, aunque un aroma deconstruccionista no esté enteramente ausente— al posestructuralismo, la teoría social, la crítica cultural, la teoría de la ideología, etc. ¿Pero una acción de esa clase no es una acción reduccionista par excellence? Aunque nuestro propio enfoque, como será desarrollado en los capítulos siguientes, se localiza claramente más allá de una lógica de suplementación, sería injusto considerar al sujeto lacaniano como término de una reducción inaceptable. Este sería el caso sólo si la noción lacaniana de subjetividad fuera una simple reprodución de un sujeto esencialista, de un sujeto articulado en torno a una sola esencia positiva, transparente para sí misma y totalmente representable en el discurso teórico. Pero este sujeto esencialista, el sujeto de la tradición filosófica humanista, el sujeto cartesiano, o aun el sujeto reduccionista marxista cuya esencia se identifica con sus intereses de clase, es justamente lo que ha sido y tiene que ser cuestionado; no puede ser parte de la solución porque forma parte del problema inicial. El sujeto lacaniano está claramente localizado más allá de una noción de la subjetividad tan esencialista y simplista. No solo es Lacan “obviamente el más distante de aquellos que operan con categorías esencialistas o nociones simplistas de causa u origen psíquico” (Barret, 1991), sino que el sujeto lacaniano se opone y trasciende radicalmente a todas esas tendencias sin, de todos modos, arrojar al bebé junto con el agua sucia, es decir, al locus del sujeto junto con sus formulaciones esencialistas

Yannis Stavrakakis, Lacan y lo político (Prometeo, 2008), p. 34

Abandonar la esencia del sujeto

Así, abandonamos el proyecto de arribar a una esencia del sujeto: estamos condenados a no aprehenderlo más que a través de su posición para otro y frente a otro, sin por eso olvidar que el otro no es aquí anónimo o intercambiable, sino ese otro de doble rostro paterno y materno, que me falta y a quien yo falto, en la triangulación edípica, donde los intercambios están regulados por la referencia al falo

André Green, El psicoanálisis ante la oposición de la historia y la estructura, en Estructuralismo y psicoanálisis (p. 23)

Poesía, lenguaje y estructura

Creo, efectivamente, que los poetas son conductores, incluso en el sentido de electricidad de la existencia de poesía en la vida humana. Los poetas transmiten en ese sentido, y lo hacen a través de palabras de que la mayor parte de las veces toman una forma lógica como es la gramatical, a pesar de que existen expresiones de la poesía que se arrancan de esa lógica, como lo ha hecho el letrismo, que ha sido un intento de hacer poesía con letras y consonantes juntas que a veces no pueden siquiera pronunciarse, y que, a mi juicio, la mayor parte de las veces no logra transmitir la fuerza poética que intenta; entre estos intentos de transmitir poesía a través de palabras inventadas existe un autor de enorme categoría que efectivamente ha logrado, más que otros, una creación de palabras que no tiene sentido, sin producirse el problema de que las palabras no se puedan pronunciar por el número de consonantes, y es el caso de Lewis Carroll, en cuyos poemas en verso encontramos, tanto en Alicia en el país de las maravillas como en Alicia a través del espejo, una creación de palabras inventandas que logra transmitir poesía. Ahora, señalo que, la verdad, en los textos de Lewis Carroll —doy como ejemplo el Jabberwocky, que no voy a ahondar en explicar lo que es— se siguen, en buena medida, reglas gramaticales, algunas de ellas convencionales, otras de la lógica y otras, en cierto modo, en el ámbito del arte al menos, inventadas. Bueno, pero por qué es este un asunto importante: en el psicoanálisis, la asociación libre es constituida por el monólogo del paciente, que es con la mayor frecuencia manifestado a través de palabras que siguen la ley de la gramática (…) En la Literatura y en la Poesía —y yo ahí no haría distinciones entre el verso y la prosa— opera naturalmente el Inconsciente, a la vez que está presente la conciencia racional a través de la gramática, cosa que en el psicoanálisis es indispensable ya que el inconsciente, tal como puede ser conocido, se manifiesta lo más a menudo en palabras que siguen esta misma lógica racional. Así, si las manifestaciones del inconsciente pueden ser interpretadas es porque lo inconsciente se manifiesta en la consciencia, y en relación a eso yo señalo una cosa que no es tomada en cuenta: en realidad, Freud no es un adorador del inconsciente, sino que lo que establece como esencial es lo que del inconsciente se hace consciencia racional, donde el papel de la gramática se vuelve fundamental.

Armando Uribe en Realidad Imaginada: entrevista a Armando Uribe Arce.
Revista Istmo 2, 2007.

El hombre como objeto científico

Cita de Michel Foucault en “Las Palabras y las Cosas” sobre el surgimiento del hombre como objeto científico

[Es imposible encontrar] en los siglos XVII y XVIII, algo así como el hombre, pues el hombre no existía (como tampoco la vida, el lenguaje y el trabajo) y las ciencias humanas no aparecieron hasta que, bajo el efecto de algún racionalismo presionante, de algún problema científico no resuelto, de algún interés práctico, se decidió hacer pasar al hombre (a querer o no y con un éxito mayor o menor) al lado de los objetos científicos […] Michel Foucault. Las palabras y las cosas: una arqueología de las Ciencias Humanas (México: Siglo Veintiuno, 1968), p.334